第45回 Los domingos en la playa


Las personas que no viven lejos de la costa, en España, tienen la costumbre de ir a la playa con frecuencia. Especialmente en verano. Cuando yo era pequeña, casi todas las familias hacían lo mismo. Creo que mi generación comparte un recuerdo grabado muy fuertemente en la memoria: los domingos en la playa.

No nos levantábamos muy temprano. Mi madre preparaba los bocadillos, de queso, de chorizo o de atún, mientras mi padre iba a comprar churros para el desayuno. También compraba el periódico, para leerlo luego en la playa.

Debíamos desayunar rápido y ayudar con algunas tareas de la casa, por ejemplo, hacer las camas, tirar la basura y dar de comer al gato. Entonces llenábamos una nevera portátil de hielo, latas de Coca-Cola y Fanta y alguna botella de agua. Después nos poníamos los bañadores, una camiseta y unos pantalones cortos y nos metíamos en el coche. ¡Todos a la playa!

En aquella época los coches no tenían aire acondicionado, así que bajábamos las ventanillas y sentíamos el viento revolviendo nuestro pelo. En un ratito llegábamos a la playa. Entonces buscábamos un espacio cerca de la orilla del mar. Nuestro padre hacía un agujero profundo en la arena y aseguraba bien la sombrilla para que no la tirara el viento. Colocábamos las toallas sobre la arena, nos poníamos protector solar y nos íbamos a bañar al mar.

Jugábamos con una pelota o simplemente saltábamos por encima y por debajo de las olas. Nos reíamos y disfrutábamos del agua y del sol. Nuestros padres nos llamaban para comer un bocadillo al mediodía. Pero no teníamos hambre. Era muy divertido jugar en el agua. Finalmente volvíamos a las toallas para comer. Pero entonces no nos dejaban bañar hasta después de 2 horas, para que no se nos cortara la digestión. En ese rato jugábamos haciendo castillos en la arena o recogiendo caracolas.

Volvíamos a casa agotados y nos dormíamos en el coche. Al llegar a casa hacíamos turnos para ducharnos. Mi madre siempre se quemaba con el sol a pesar de ponerse protector solar. Así que, después de ducharse, nos pedía que le pusiéramos crema hidratante en la espalda… “Mamá, estás muy roja, pareces un cangrejo”, le decía.

Y así pasábamos los domingos en la playa, cuando yo era pequeña.

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